Colombia es un mago que no para de sacar sorpresas de su sombrero. Es un país que nunca termina de descubrirse y siempre tiene algo nuevo qué ofrecerle al viajero. Otro clima, otro tono de verde, otro azul en el mar, otro acento, otro ritmo, otro pueblito más bello, otro plato más grande que el anterior. Así es este país de gente amable que nos arropa con su tricolor y nos hace sentir amor cada que lo recorremos y orgullo cuando estamos por fuera.

Nada es tan malo como lo pintan y Colombia es el mejor ejemplo. Tantas cosas buenas no caben en la prensa y siempre va a ser más fácil hablar de los malos. Por eso, contactamos a 15 colegas blogueros que han viajado por Colombia para que nos ayuden a reivindicar la mala imagen que ha dejado ese conflicto armado que por estos días ve cerca su fin en esta tierra maravillosa colmada de lugares y personas increíbles en cada rincón.  

Bienvenidos todos al derroche de magia de este paraíso llamado Colombia. Preparen sus maletas, una vez termine de leer este post es muy probable que no aguante las ganas de perderse entre las maravillas que nuestro país tiene para ofrecerle.

Por la magia que la envuelve

Lo debes hacer para perderte en las misteriosas calles de Cartagena, que por las noches a la luz de los faroles se vuelven mágicas. Para volver a leer a García Márquez, naufragar en sus historias, perderse en su Macondo, escapar de una muerte anunciada o esperar que alguien nos escriba. Llegar a Santa Marta en donde todavía vive el aura de aquel gran general en su laberinto y si hay suerte encontrarse al Pibe Valderrama, que es parte de la historia de la ciudad. Zambullirse en las siete olas del Tayrona que te arrullan,  mientras la  brisa silba entre las palmeras; comer pescado asado y cerveza fría en la playa de Taganga acompañados de los tambores que tocan una alegre cumbia colombiana. En tanto parece que Shakira y Carlos Vives saldrán en cualquier momento a pasear en bicicleta, seguro por Barranquilla. Encontrar la enigmática Ciudad Perdida es un reto maravilloso, tanto como descansar en las arenas de El Rodadero, bajo ese cielo celeste, esperando que el tiempo no pase, que la felicidad nunca termine. 

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Por sus frutas

Porque es un paraíso ‘multifrutal’. En el campo colombiano hay tres cosas que enamoran: La gente, que en largas jornadas labra la tierra y siembra lo que comemos; campesinos con portetonsas ruanas para protegerse del frío, de manos fuertes y corazón humilde. Los paisajes, Colombia son verde kiwi, amarillo pitaya, rojo fresa, blanco guanábana. Colombia es un país incansablemente cromático pintado de colores que se adentran en la Cordillera de los Andes, suben hasta el hielo y llegan a las playas tiznadas del Pacífico y las índigo del Atlántico. Y las frutas, coquetas que suben desde la tierra o bajan por los árboles, provocativas, exiquisitas.

Nunca valoré tanto el campo y sus frutos como cuando viví fuera de Colombia. Al no depender de estaciones, no haber climas extremos y tener la tierra apta en diversos lugares, hay una gran cantidad de frutas que no se dan en otros puntos del planeta. Puedes hacer un viaje a casi cualquier lugar de Colombia y en una caminata por los campos vas a encontrar como alimentarte naturalmente: tomates de árbol, moras, mangos, guayabas, que crecen al ritmo de la tierra. Por esa misma razón los mercados son coloridos y abundantes. Tienes que venir alguna vez a pasear por sus pasillos para extasiarte con la variedad y la abundancia; también con los manjares exóticos de las que son poco renombradas, y los dulces de todo tipo que con nuestras frutas se preparan.

Por su simpatía

Aunque solo fuera por experimentar la desmedida amabilidad de su gente, ya merecería la pena viajar a Colombia al menos una vez en la vida. Si Iberoamérica es de por sí un pueblo hospitalario, Colombia va mucho más allá. He recorrido el continente de cabo a rabo y me atrevo a decir sin temor que ningún país te acoge con la amabilidad con la que lo hace Colombia.
Son muchos los atractivos que ofrece el país: desde el café hasta la salsa, pasando por la belleza colonial de Cartagena de Indias. Pero si por algo es imbatible Colombia y te hará recordarla siempre, es por la desbordante simpatía de las personas que la habitan.

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Por su realismo mágico tan especial

Después de más de un mes y medio viajando por Colombia descubrimos miles de motivos para tratar de convencerte de que debes viajar por ese maravilloso país. Desde los más conocidos hasta a algunos que nosotros mismos descubrimos casi por casualidad mientras estábamos allí.

Seguro que has oído hablar del Realismo Mágico y de Gabriel García Márquez. Pero mucho antes de que apareciera ese movimiento literario ya había Realismo Mágico en Colombia. ¿Cómo si no describirías a las esculturas de San Agustín? Una civilización perdida en el sur del país. Tan desconocida que no se sabe cuándo comenzó ni cuándo ni cómo terminó. Que recibe el nombre de San Agustín por la población más cercana a los parques arqueológicos que se han encontrado.

Sentirse como Indiana Jones y hacer descubrimientos arqueológicos inexplicables también es posible en Colombia, al tiempo que encuentras fantásticas personas en San Agustín que te ayudan, te explican, te hacen sentirte en casa. Fue nuestro penúltimo encuentro con ese Realismo Mágico: más al sur, casi en la frontera con Ecuador, nos esperaba el Santuario de Nuestra Señora de las Lajas que parece salido de una película del Señor de los Anillos.

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Por su gente “a la orden”

La respuesta de porqué debemos viajar por Colombia al menos una vez en la vida es simple: por su gente siempre predispuesta a darte una mano saludándote con un “a la orden”, y siempre con una sonrisa que despeja toda desconfianza.

Recuerdo a Yenni, que nos preparaba unos licuados de frutas exquisitos en Taganga. Era inevitable comprarle cada mañana uno, con su sonrisa perfecta y esa mirada alegre. Y además como siempre hacía jugo demás, tomábamos un poquito de licuado y enseguida Yenni volvía a llenar el vaso con la “ñapa”, ese poquito de más que nos llenaba de alegría.

Recuerdo la chica de Bogotá que al verme con cara de perdido entre calles y carreras en medio de la ciudad, me interrumpió con un “a la orden”, y me ayudó a encontrar el hostel que estaba buscando. Al Chamaco y mamá Ruth también los recuerdo con mucho cariño, porque cuando ya no tenía plata para quedarme en Barú, me dieron café y comida por un par de días en medio de ese paraíso, hasta que volvimos a Cartagena.

Y esa gracia y amabilidad también la saben complementar con la belleza expresada en su gente y sus paisajes. El recuerdo más lindo que me llevé de Colombia fue sin duda la hospitalidad de su gente y la calidez en su trato, que por momentos me hacían sentir como un hermano o como un hijo. Esa calidez encaja perfecto con los paisajes coloridos de Colombia. Este país siempre nos recibirá con un “a la orden”. La cordialidad de su gente sin duda es el motivo por el que habría que ir a Colombia una y otra vez.

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Por Villa de Leyva para todos

Hace unos 5 años atrás con un par de amigos decidimos viajar a Colombia. Todos, absolutamente todos nuestros amigos nos advirtieron de lo “supuestamente” peligroso que era. Nos imaginaban presos en una celda colgada de un árbol en la selva o raptados por vaya a saber qué célula del terrorismo mundial. Nada de eso sucedió. Colombia nos recibió con un cielo azul intenso, con rutas repletas de flores, valles hermosísimos y mucho olor a café. Pero si tengo que elegir un solo motivo por el cual todo el mundo debe visitar Colombia al menos una vez en la vida, no tengo dudas: ¡Villa de Leyva!

Luego de unos días recorriendo Bogotá, disfrutando de la Candelaria y del Museo del Oro, nos fuimos a un pueblito ubicado a un poco más de 150 kilómetros de Bogotá y fue como viajar en el tiempo a la época colonial. Villa de Leyva nos recibió con su enorme plaza empedrada, sus iglesias con ese blanco inmaculado, jardines floridos y un paisaje repleto de montañas. En aquella época Colombia estaba haciendo una campaña para atraer al turismo que decía algo así como: el único riesgo, es que te quieras quedar. Y la verdad que sí. Teníamos muchas ganas de quedarnos. ¡Y de volver!

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 Por ser mi segundo país

Cuando me preguntan si repetiría algún destino, si volvería a algún país, mi respuesta, sin dudar es: Colombia!  Una parte de mí quedó prendido a esa tierra y por eso suelo decir orgulloso que es mi segundo país.

Mi amor por Colombia se complementa con los cientos de sabores, aun siento en el paladar las “arepas de queso” de Marinilla; los bocadillos Veleños; la macana de Salamina.  Cuando en una tarde de sol mi cabeza es protegida por el sombrero que me regaló la gente de Aguadas se me pega una sonrisa en el rostro. 

Sonrisas, eso es Colombia, como la foto de aquella bailarina de Cartagena que me traje para siempre…

“Colombia es peligrosa” le suelo decir a cuanto viajero me encuentro por ahí.  Les advierto, si aún no llegaron a ella que tengan cuidado, porque como bien dicen los colombianos “el riesgo es que te quieras quedar” o, como sostengo yo desde que dejé esas tierras de ensueño: que quieras volver porque una vez que conoces Colombia tendrás “mil razones y un amor” por los cuales regresar.

Por Punta Gallinas

Porque parado frente a lo que parece ser la parte superior de un meteorito, ubicado en la ruta que nos lleva a Puerto López en la Guajira, hago memoria de cada lugar en el que he estado en estos cuatro días y me deslumbro con la diversidad que me ha regalado este territorio, una diversidad que representa claramente lo que me encanta de Colombia.

Cruzamos una de las zonas más áridas del país, recorriendo trochas sin GPS, solo guiados por el conocimiento que José González, nuestro guía, tiene de este lugar. Él es Wayúu y desde chico aprendió a moverse por estos caminos.

La ruta comenzó en La Macuira, una serranía que pocos conocen, que es Parque Nacional Natural y fuente de agua inimaginable en una región árida como ésta. Uno de sus principales atractivos es el Médano de Aleewoluu, un lugar alucinante… dice la tradición oral que los “Arhuacos trajeron la arena del mar y la depositaron entre las montañas para sepultar allí a su gente“, éste es un impresionante depósito de arena que brota entre el verde de la sierra.

A Punta Gallinas llegué cautivado por algunas imágenes que había visto del imponente médano de Taroa, particularmente bello porque sus dunas de arena rojiza descienden hasta el océano desapareciendo en una suave playa. Estos son tan solo un par de referencias de un destino que de lejos es uno de los más hermosos y enigmáticos de Colombia.

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Por tantas razones

Es una pregunta de fácil respuesta: Hay que viajar a Colombia para conocer la ciudad colonial más bella de Sudamérica, tomar café rico a todas horas como si no hubiera un mañana, bailar salsa hasta no poder más, meterse en el cráter de un volcán, bañarse en el Caribe y cruzar un desierto.

Para tomarse una rica aguapanela fresquita y comerse una bandeja paisa. Caminar por Medellín, sentir la hospitalidad de cerca cuando te regalan un refresco en una gasolinera porque hace un calor infernal y te queda mucho viaje, porque una señora te regala dulces y te da su número de teléfono por si necesitas algo en el camino.

Porque los motoristas demuestran la gran comunidad que son y te paran en la ruta para saludarte. Te llevan a recorrer y te hacen de guía en su provincia además de invitarte a comer. Porque es el paraíso de los motoristas por sus millones de curvas y porque Colombia tiene todo lo que un viajero necesita: paisajes, gastronomía y hospitalidad.

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Por romper estereotipos

Si eres desafiante, si te gustan los retos, si odias los estereotipos y quieres conocer lugares que hasta ahora se empiezan a difundir afuera… definitivamente debes viajar por Colombia.

Hace unos 16 años estudié la secundaria en España, pero llegó la hora de regresar a Colombia por una decisión familiar. Y cuando me despedí con mucha nostalgia de una de mis mejores amigas, le dije: tienes que ir a visitarme. Hizo una cara terrible para concluir con un “no quiero que me secuestren”.

Ocho años después, cuando la situación del país –y la mala prensa- habían cambiado un poco, se decidió a venir con su novio. Conocieron La Guajira y buena parte de la costa Atlántica, el Eje Cafetero, Santander… y en medio del viaje, que yo acompañaba por temporadas, en una noche de tragos, no pude evitar increparla: “¡Pensé que nunca ibas a venir!”. A lo que me contestó: “No sabía que era así. Hasta me podría quedar a vivir”.

Romper estereotipos siempre será una razón de peso –y que los extranjeros lo comprueben por sí mismos siempre será satisfactorio para los colombianos-. Pero además, tener en un mismo territorio playa, selva, páramo, humedad extrema, calor seco, paisajes vírgenes y una hospitalidad difícil de encontrar en otro lugar, ayudan a lanzarse a descubrir este destino lleno de sorpresas.

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Nuestro viaje por La Guajira

Por la hospitalidad de su gente

Colombia me hace suspirar al recordarla. Como un viejo amor viajero con el que siempre quiero reencontrarme. Ese ‘miedo’ a Colombia, que tan inteligentemente uso el ministerio de turismo (El único riesgo es que te quieras quedar) ya existía en el imaginario colectivo cuando viajé, allá por el 2011.

Antes de llegar muchos me manifestaban sus dudas, muchos fantasmas se agitaban sobre las rutas y los desconocidos. Mientras viajábamos haciendo autostop la misma gente que nos llevaba nos advertía sobre la mala gente. Y nosotros no entendíamos como no nos hablaban de esa “buena gente” como los mismos que nos llevaron. Durante los meses que compartimos con la gente del lugar nunca nos faltó una invitación a un “tintico” bajo cualquier pretexto, la bandeja paisa de la tía de un amigo que apenas tenía de nosotros alguna recomendación de su sobrino pero nos despertaba con un desayuno potente cada mañana. O alguna rebaja o bocadillo regalado para atenuar la espera en la ruta, por algún transeúnte compadecido del ajetreo de nuestro viaje.

Por eso, si tengo que dar una razón para visitar Colombia argumentaría “por la hospitalidad de su gente”. Y eso solo para empezar porque tengo miles de otras razones. Sin dudas, Colombia encabeza mi lista de lugares a los que regresaría.

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Por La Guajira

Tendría que escribir varios libros para enumerar las razones por las cuales yo invito a la gente a venir a Colombia; pero el espacio es limitado, incluso en la web. Así que les hablaré solamente de un lugar que para mí está entre los paisajes que con seguridad recordaré toda la vida: La Guajira, en el norte de mi país.

En este departamento conviven cactus, pelícanos, chivos y flamencos rosados con los indígenas wayúu y sus tradiciones ancestrales, mientras el desierto y las aguas verdes y azules del Mar Caribe le regalan a la vista una terapia en la que participa la brisa, ayudando a mitigar el calor.

Además del Pilón de Azúcar en el Cabo de La Vela (el lugar en el que aparezco en la foto), recomiendo ir a Punta Gallinas, el punto más septentrional de Suramérica. Allí los pies se hunden al subir las dunas de Taroa, que luego se resbalan suavemente hacia el mar. Por sus laderas ruedan los viajeros que, con las manos en el pecho y el cuerpo estirado, se dejan caer hasta llegar al agua para zambullirse. La Guajira es un destino que nos recuerda a cada minuto lo lindo que es estar vivo.

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Por las sonrisas

Hay lugares en el mundo que suelen tener mala fama y una de las mejores maneras de comprobar que solo es la fama es viajando a ese destino. Somos de la idea de que la ignorancia es la madre de la intolerancia. Por lo tanto, conocer nos hace ser más abiertos y comprender un poco más el complicado mundo en el que vivimos.

Cuando llegamos a Colombia por primera vez había una campaña publicitaria que decía: “El riesgo es que te quieras quedar”. Y nunca pensamos que una frase de promoción turística podía resumir tan bien el sentimiento que nos invadía. Porque desde el primer momento que cruzamos la frontera desde Venezuela a dedo y siete personas nos levantaron durante dos días para dejarnos en la bonita ciudad de Bucaramanga sentimos la amabilidad, la alegría y la hospitalidad de su gente. Porque desde ese primer momento supimos que nos queríamos quedar mucho tiempo. Porque desde ese primer día corrimos el riesgo de enamorarnos del lugar. Y lo hicimos. Finalmente fueron 45 días de viajar a dedo (y no fueron más porque teníamos otros compromisos), de conocer gente increíble en el camino que nos brindó siempre una mano, de llevar adelante nuestro proyecto social/mágico con la ayuda desinteresada de todos los que nos cruzábamos, de conocer paisajes hermosos e imponentes, de aprender más sobre la historia de los pequeños pueblos, de disfrutar de su comida y, sobre todo, de las sonrisas. Las que “arrancábamos” con nuestro proyecto, pero también de las que nos regalaban todos los colombianos en el camino. A veces la gente no se da cuenta lo importante y sanadora que es una sonrisa. Vayan a Colombia a recolectar muchas. Hace bien. Gracias, Colombia, por las sonrisas.

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Porque en Colombia la realidad supera la ficción

Debes viajar por Colombia para recuperar la capacidad de asombro. Para recordar que son reales los atardeceres del César y la Guajira capturados en “Los viajes del viento”. Debes viajar por Colombia para llegar a “El Valle sin sombra” en Armero Tolima y descubrir que la realidad supera la ficción.

Debes viajar por Colombia porque “Los Colores de la Montaña” los emana un niño llamado “Pocaluz”; porque aquí el café tiene aroma de mujer; porque sobre el Cerro Mavecure en Guainía “El Abrazo de la serpiente” te conectará con los ancestros. Porque la “Vendedora de Rosas” no es una niña de Medellín, sino una señora que en el Departamento de Antioquia cultiva hermosas rosas de exportación; porque los patojos en Popayán exhiben el cine más corto.

Viajar por Colombia es descubrir que el Caribe es un “Ruido Rosa” donde el sonido del mar se mezcla con el romanticismo de sus playas. Que el “Pariente” más verraco lo encuentras en las extensas planicies de Santander. Que en una época del año puedes ver cine en un planchón sobre el río Sinú. Que la “Estrategia del caracol” son varias callecitas estancadas en el tiempo en Bogotá.
Tienes que viajar por Colombia para descubrir que “Los Nadie” somos todos y que todos somos “Colombia Magia Salvaje”

¿Y por qué no?

Si sus frutas, sus hermosos pueblos coloniales, sus montañas, sus desiertos y sus ríos no han sido suficientes para convencerte entonces te pregunto ¿Y por qué no? ¿Te olvidaste de conocer a la gente más feliz del planeta? ¿O quizá te asusta pasarte el día moviendo los pies a ritmo de cumbia salsa o vallenato?

Puede que estés preocupado, que lo tuyo no sea la eterna primavera o el eterno verano. Sí, comprendo, quizá lo que no te convence es la comida, tendrás que tener un buen motivo para desayunarte una changua o comerte un sancocho, una bandeja paisa o un ajiaco. O puede que lo que te retenga sean las playas del Caribe, el agua turquesa, los arrecifes de coral… ¿O acaso son las olas del Pacifico?

Ya sé, te preocupa un lugar en el que los monos no sean monos, donde las viejas no sean viejas y los chinos no sean chinos y con todo eso, se hable el mejor español del mundo. ¿Te imaginas? Mira, a estas alturas no sé cuál puede ser el motivo, pero en todo caso, con los brazos abiertos y una sonrisa aquí te estamos esperando.

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