La imagen muestra a un chico joven, bien parecido y de cuerpo tan tonificado como el de un luchador de artes marciales mixtas. Está sentado en una silla reclinable, tiene gafas de sol y remoja sus pies en el agua cristalina del mar. Diría uno que la escena se lleva a cabo en alguna playa paradisiaca del Caribe. En su regazo, el esbelto modelo sostiene un computador portátil y mira la pantalla con los dedos posados en el teclado. Sonríe una dentadura blanquísima. No se quita los lentes oscuros ni para escribir. Al lado lo espera un coctel de tres colores con una sombrillita colgando del vaso. Supondrá el espectador que el tono canela-dorado de su piel ha sido pintado por el sol luego de horas en ese lugar, en esa posición, haciendo lo que hace. Y un anuncio publicitario así lo confirma: “¿Qué esperas para dejar tu oficina y salir a viajar y trabajar desde cualquier parte del mundo?”

Luego, aparece una invitación a suscribirse al sitio del exitoso viajero bronceado luchador digital. Click. Hay que descargar un manual para crear el blog de viajes que te llevará a una independencia económica mientras haces eso tan maravilloso que ansías desde hace tanto tiempo: vivir viajando y que te paguen por hacerlo. Click. Descargar. La primera parte del manual, completamente gratis, no dice cómo hacerlo, pero le mostrará al incauto que sí se puede, que muchos lo han hecho y que él, el bronceado mochilero milenial sin camiseta, es un testimonio de vida. Seguramente terminará diciendo “si yo pude, tú también podrás”, no sin antes haber agregado una jugosa suma de dinero como prueba de su fórmula de éxito que le hará saltar los ojos de emoción al lector a punto de morder su anzuelo mágico. 

La segunda parte no es gratis, pero la inversión no significará nada al lado de los miles de dólares/euros que el lector ganará al mes gracias a la asombrosa rentabilidad de su blog de viajes desde una playa en el Caribe con los pies remojados en el agua cristalina. Click. Pagar. Descargar. Los ojos recorren una sarta de jeroglíficos ininteligibles entre los que se mencionan plataformas, plantillas, pluggins, códigos html, banners, newsletters, marketing de afiliados, seo, comunidades en redes y muchas cosas más, para terminar diciendo que eso no se logra de la noche a la mañana, que hay que estudiar, capacitarse y, no siendo poco, que además hay que invertir dinero para que seas tomado en serio por tu público. Click. Cerrar. Enviar a la papelera.

Cómo si se tratase de una crema reductora de arrugas o un cinturón con electrodos milagrosos para acabar la panza de buda cervecero en una semana, la prometedora imagen irrumpe casi a diario en las redes sociales de quienes han marcado entre sus intereses el icono de viajes. Por lo general, y de la misma forma que ocurre con los elíxires de la eterna juventud, todo aquello ofrecido en estas publicidades no es más que un vil timo.

Nosotros empezamos nuestra vida bloguera cuatro meses antes de recorrer el primer kilómetro como viajeros. Teníamos un plan que no fue dictado por ningún gurú y que obedecía más a una intuición formada por voces de varios viajeros que con trabajo serio y un ojo afinado relataban sus experiencias al mundo a través de internet. A lo lejos vi que la suma de mi experiencia en el oficio de las letras y la pasión de ambos por la fotografía era una combinación atractiva para un público que, como nosotros, pasa horas conociendo el mundo a través de las historias de viaje de los buenos blogueros. Además, teníamos la enorme ventaja de que el mundo de los blogs de viaje es un nicho naciente en Colombia y eran pocos los precedentes de los viajeros colombianos que documentaban sus aventuras a través de estos medios. Así como conocimos tantos viajeros gracias a sus blogs, esperábamos que mucha gente nos conociera por el nuestro. Con un post titulado ‘Hola mundo, somos Renunciamos y viajamos, el 4 de mayo de 2014  nació un sitio web más de esos que pululan en la blogósfera viajera.

Cuando www.renunciamosyviajamos.com cumplió sus primeros mil días de edad, habíamos realizado 217 publicaciones entre crónicas, guías de viaje, información útil, infografías, videos y reportajes gráficos. Las herramientas de analítica -sí, monitoreamos nuestro trabajo- dicen que nos han leído desde 162 países, incluyendo lugares remotos como Yemen, Kosovo, Mauritania, Zambia, El Congo, Etiopía, Uzbekistán y otros que ni habíamos escuchado mencionar.

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Pero antes de contarle lo que hemos hecho con nuestro blog y cómo lo hicimos, vamos a decir primero lo que hasta ahora no hemos logrado: luego de tres años de trabajo constante y una inversión en tiempo, dinero y equipos, estamos lejísimos, pero muy lejos, de poder decir que vivimos de nuestro blog o que costeamos los viajes con el dinero que obtenemos de él. Y no hay nada que nos haga ilusionar con la idea de que esta situación cambie en un mediano plazo. Eso explica el hecho de que vendamos postales en las calles y hagamos maromas financieras a diario.

Lo que sí hicimos, y eso nos hace sentir un orgullo tremendo que además nos impulsa a seguir, es crear una comunidad de miles de personas que gozan con nuestras historias desde sus casas y oficinas, que se han servido de alguno de los consejos que hemos dado, que nos honran todos los días con sus comentarios y palabras de aliento y sufren con nosotros cuando las cosas no salen como esperábamos.

Cómo dice mi mamá: esto no es cuestión de soplar y hacer botellas.  Detrás de un blog de viajes que quiera preciarse de ser profesional hay un trabajo que supera cualquier presupuesto y desvirtúa la idea prostituida de que tener un blog es abrirle la compuerta a una catarata de viajes gratis. La verdad es otra: no tenemos que andar espantando patrocinadores como si fueran moscas sobre un pastel. Trabajamos mucho más que cuando éramos empleados de oficina pero lo hacemos cuándo, dónde y cómo queremos. Y la ganancia que obtenemos es invaluable: no hay dinero que pueda pagar el hecho de sentirnos libres y productivos para nosotros mismos. Ser blogueros de viaje nos hizo entender la diferencia entre invertir nuestro tiempo en hacer realidad nuestros sueños y dilapidarlo cumpliendo los de otro a cambio de un salario.

Renunciamos y viajamos nos ha servido, también, para vivir el viaje -y la vida misma- de una manera que no hubiese sido posible si no existiera el blog. Perdimos la cuenta de cuántas veces hemos logrado desvirtualizar a las personas que algún día se toparon con nuestro trabajo; las sacamos de la pantalla a través de la cual existíamos en sus vidas para hacerlas, con un abrazo, existir en las nuestras.

Es una herramienta que si bien no nos representa ingresos que la hagan autosostenible, nos ha permitido que el viaje sí lo sea, y no podemos estar más agradecidos con esa suerte de atracción mágica que ha generado la forma en que le apostamos a contar cómo percibimos el mundo. Nos han abierto las puertas de hogares en todo el continente, La Jebi ha sido consentida en talleres de primera categoría y de vez en cuando recibimos invitaciones a viajes de lujo que de otra forma no hubiésemos podido pagar. Todo gracias al blog.

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Publicar selfies de caras sonrientes en un fondo más espectacular que el anterior puede resultar muy fácil. Pero la verdad es que un bloguero de viajes trabaja todo el tiempo, aún mientras está conociendo y disfrutando de lugares y experiencias nuevas. Desconectados estamos observando, recopilando historias, tomando apuntes y disparando fotos, filmando, pensando en la estructura de los textos y trabajándolos en un papel o en la mente. Frente a la pantalla investigamos para llenar vacíos informativos del texto, luchamos con la hoja en blanco, seleccionamos fotografías y las editamos, hacemos que horas de grabación se conviertan en un video de dos minutos y medio, con música, por supuesto. Subimos todo a wordpress, diseñamos la página, ponemos etiquetas, palabras clave, pies de foto y, finalmente, publicamos. Pero tal vez todo empiece ahí por aquella norma post moderna que dice que por cada hora de trabajo hay que invertir tres en difundir en redes sociales para que le llegue al público. Y al día siguiente lo mismo.

Ganar una reputación seria y poder decir que un blog -de viajes o de lo que sea- es la labor principal de alguien, es pedalear cuesta arriba, sobre todo teniendo en cuenta la invasión de estupideces que atacan las redes a cada minuto. Pero, dice también mi mamá, quien quiere marrones aguanta tirones.

Sabemos que en esta vida de blogueros estamos corriendo una maratón de largo aliento y sentimos que aún tenemos oxígeno suficiente para seguir convirtiendo nuestra mirada del mundo en imágenes y letras que le puedan interesar a quienes nos leen. Sobre todo porque amamos profundamente lo que hacemos. De otra forma sería imposible.  

Compártenos tu experiencia viajando como bloguero de viajes. ¿Has conocido blogueros en tus viajes?. Deja un comentario nos encantaría conocer tu opinión y experiencia. Y si te gustó ¡Compártelo!