Esa tarde, nuestra primera tarde en Bucarest, el cielo se vistió de gala para darnos la bienvenida a la ciudad. Como cuando aterrizas de un viaje larguísimo y tu familia y amigos te esperan en el aeropuerto con globos, te reaniman del cansancio con abrazos, llevan hasta el perro y sirven la mesa con tu comida favorita: vale la pena estar aquí. Esto empezó bien.

Rumania era el primer país de Europa que pisaríamos por fuera de la zona Schengen; y Bucarest, la primera ciudad. Volamos desde Roma porque encontramos un vuelo barato y por el impulso que surge cuando nos hacemos la misma pregunta una y otra vez ¿y por qué no hacerlo? Teníamos pocas o ninguna referencia: íbamos a dar palos de ciego en nuestro nuevo destino y eso nos emocionaba. Hacer una pausa en el viaje automático de perseguir las postales preconcebidas desde las pantallas de internet y la televisión: la torre tal, el coliseo aquel, el palacio imperdible, la plaza donde todos van. La iglesia, el castillo, el museo…

En Bucarest todo estaba por ser descubierto, incluso los nuevos amigos que allí haríamos. Nada tan famoso como para tener una idea previa, nadie nos esperaba: una hoja en blanco esperando por ser escrita con nuestra propia historia.

Volvamos al cielo, vestido de gala: rojo, naranja, azul, violeta. La gente detiene sus vidas en el Viejo Bucarest para llenar sus teléfonos de fotos. “No creas que siempre es así”, me dice una chica cuando le muestro en la pantalla de la cámara la foto que abre este post. “Tienen suerte, hoy es un día especial”.  Y vaya que lo es. Miles de cuervos surcan el cielo buscando cama en algún árbol; miles. Nubes de plumas negras graznan sobre nuestras cabezas en esa escena inédita para este par de viajeros tan acostumbrados a las palomas y las torcazas. Ya hubiese querido Hitchcock haber estado en esta locación para una segunda parte de Pájaros.  

Bucarest nos empezaba a dar una cátedra de cómo la realidad sucede delante de ti cuando sales a comprobarla, al margen de los juicios de quienes construyen un concepto de un lugar o su gente sin haber estado. Cuando le dijimos a Jean Noel, nuestro couchsurfing en Toulusse, Francia, que teníamos un tiquete de avión para Bucarest, no pensó un segundo en lanzar una pregunta lleno de asombro: ¿Bucarest? ¿Qué van a ir a hacer allá? Allá nadie va. Y un amigo que se dice llamar viajero nos dijo que con los rumanos había que tener mucho cuidado, porque en España todos los carteristas del metro son gitanos y Rumania es tierra de gitanos. Tan fáciles son los prejuicios que hasta un colombiano se atreve a repartirlos como volantes en una esquina.

Rumania mostró su hospitalidad desde el minuto uno. A nosotros, colombianos acostumbrados a ser apartados e interrogados en las fronteras, la agente de Migración nos estampó el sello en el pasaporte luego de dos simples preguntas ¿Turismo? ¿De dónde vienen? Y listo, 90 días sin visa. Luego el vigilante, la que vende los tiquetes del bus, el conductor, la que nos vendió las papas con champiñones en el Carrefour: siempre una sonrisa, buena actitud: Rumania, de primerazo, nos sopla en la cara un aire fresco de hospitalidad y confianza.

También se presenta mucho más barato que el resto de Europa. Tarjeta sim para el teléfono con internet ilimitado por 6 euros. Las dos primeras noches en un Airbnb por 12 dólares los dos. A la tercera, ya teníamos una invitación a hospedarnos en hostel en pleno centro del Old Town, donde palpita la vida nocturna y turística de la capital rumana. Tudor y Anda Maxim, una pareja local que trabaja sin descanso por hacer aparecer su ciudad en el mapa turístico de Europa, nos hicieron huéspedes en Little Bucharest, el hostel de su propiedad. Rumania nos dice tranquilos, Bucarest nos dice tómenme con calma, aquí tienen tiempo de sobra para sorprenderse sin afanes: los voy a atrapar.

Sabemos que ya es hora de levantarnos cuando los ronquidos se callan en la habitación del hostel. La sinfonía de gruñidos ha sido coreada cada noche por un croata, un noruego, dos afganos y una gringa. Pero asomar la cabeza por la ventana, recibir la primera bocanada de aire fresco del día y ver el despertar de la Smârdan Street es un anzuelo que nos jala hacia esas calles que esconden historias romanas, comunistas, artísticas y gitanas.

Tudor, Anda y Zazou posándole a Lina

Nuestra vista desde el hostal Little Bucarest

Las sorpresas empiezan a saltar de la caja rumana como empujadas por un resorte. Las chicas que nos invitan a pasar para tomar algo en los bares y los restaurantes del centro lo hacen en inglés por el obligación globalizada de comunicarse con los turistas. Cuando escuchan Colombia como respuesta a la pregunta ¿Where are you from?, de inmediato cambian el chip y hablan en un español perfecto.

  • Oh Colombia, que bonito. ¿Pero por qué no me habíais dicho? ¿Qué tal una cervecita? Tenemos comida típica rumana y calentadores para que no les de frío.
  • ¿Pero por qué hablas ese español tan perfecto?
  • Por las telenovelas.

Pues resulta que las telenovelas latinas sin subtítulos en rumano fueron la escuela de español de dos generaciones de mujeres en este país. Hombres también habrán, por supuesto, que hayan dedicado meses a seguir algún culebrón de niña pobre que se enamora de chico rico y sufre mucho y llora mares y es humillada por villana malvada hasta que por fin se casa con chico rico y se viste con ropas finas y viven en mansión gigante.

Y cada que una mujer nos habla en español, le preguntamos por qué. La respuesta es invariable: por las telenovelas. Y conocen a Thalía, a La Usurpadora, a Kassandra y hasta a la maldita lisiada. Y dicen que el español es muy fácil de entender por ser una lengua romance y tiene las mismas raíces que el rumano. Pero a la inversa no funciona: no les entendemos nada de nada.

Así como aquellas sorpresas saltan de la caja, Bucarest nos susurra su historia al oído, nos da pistas de yincana para que vayamos por la ciudad descubriéndola.

La historia reciente de Rumania está signada por la mano terrorífica del dictador Nicolas Ceaucescu, un personaje más monstruoso que su coterráneo, el mismísimo Conde Drácula. Por supuesto la ciudad capital se eternizó como prueba fiel de la demencia de este megalómano que convirtió al país en el reflejo de sus delirios de grandeza. Aún se escuchan en las calles las voces del horror que atestiguaron cómo Ceaucescu y su esposa Elena aplastaron bajo su régimen a todo el país, sometiendo el pueblo a hambres, penas, masacres escondidas y torturas que no se habían vivido ni aún en la Primera Guerra Mundial.

El dictador dejó su huella para la eternidad en Bucarest: un palacio de gobierno monstruoso de dimensiones solo superadas en este planeta por el Pentágono. Este mastodonte construido con mano de obra y materiales 100% rumanos albergó a la pareja de dictadores que se daba una vida de lujos; y ostenta el récord de ser el edificio gubernamental más grande y pesado del mundo. Grifos y sanitarios de oro, más de nueve mil trajes para Ceaucescu porque uno de sus múltiples delirios era que alguien lo quería matar a través de unas células malignas inoculadas en su ropa y por ese motivo cada día recibía un nuevo traje hecho a su medida, empacado al vacío, mismo que al final del día era quemado. Además de loco y matón, descarado: el palacio de más de mil habitaciones y ocho pisos subterráneos se llamó Palacio del pueblo, o Casa del pueblo. Fue levantado luego de demoler varios barrios de Bucarest, Siete mil viviendas, doce iglesias, tres monasterios y dos sinagogas. Para hacer realidad este descomunal palacio 40 mil ciudadanos tuvieron que buscar un nuevo hogar.

Pasar frente a este monumento al mal gusto hace volar la imaginación hasta aquellos tiempos de opresión. Hoy es el edificio del Parlamento Rumano, pero también es un sitio turístico al que cualquiera puede entrar pagando 15 Leu, unos 4 dólares. Entramos a una de las salas de exhibición de la planta baja y nos topamos con una muestra fotográfica de la cultura que tanto nos advirtieron debíamos tener cuidado: los gitanos.

Siglos de arte, cultura, religión, música, danza y una forma única de ver la vida es lo que esta comunidad le ha legado al mundo, pese a que han sido relegados, perseguidos y exterminados. Y aún aquí, en Rumania, son discriminados y vistos como la mala imagen de su país ante el mundo, por aquello de que en el resto de Europa se cree que gitano y rumano son la misma cosa: ladrones, escandalosos, maliciosos, oportunistas y ventajosos. Aquella exposición fotográfica daba razones para empezar a derribar los prejuicios de los que siempre dudamos. Hasta no ver no creer

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Experiencia Bucarest

La noticia que esperábamos llegó a la bandeja del correo:

Estimados Andrés y Lina, es para nosotros un gusto informarles que han sido elegidos como participantes de nuestra Experience Bucarest. Junto a otros blogueros e influencers de todo el mundo tendrán la oportunidad de conocer los secretos de nuestra ciudad. Confirmen a vuelta de este correo si desean aceptar la invitación. 

Por supuesto que aceptamos. Este trabajo que hacemos por contarles a ustedes el mundo desde nuestro punto de vista de vez en cuando entrega recompensas similares: como cuando fuimos invitados a vivir una vida de lujos en las playas del Caribe méxicano, cuando buceamos por primera vez en Panamá y en San Andrés o haber sido los influenciadores de la aseguradora más grande del mundo acompañando a la Selección Colombia en el Mundial fútbol de Rusia.

Y entonces nos fuimos a viajar por Rumania. Dejamos a Bucarest en pausa para luego regresar por la experiencia bloguera que nos llevaría a vivir la capital desde todos sus ángulos: historia, gastronomía, arte y cultura, vida nocturna y el invaluable aprendizaje que deja conocer viajeros del mundo. Pasaron tres semanas y muchos kilómetros en Rumania antes del regreso: rentamos un carro y nos fuimos a recorrer Transilvania, las historias de Drácula, el otoño en la famosa carretera Transfagarasan y otras tantas aventuras que prometemos contarles pronto.

Pero en este video les dejamos un adelanto: el día que celebré mi cumpleaños 35 en una fiesta gitana en las montañas de Bucovina.

Y regresamos. Ahora en Bucarest nos espera con una habitación para nosotros solos en el hotel Hilton Garden Inn Bucharest, con bufet para el desayuno y calefacción. La ruleta del camino se detuvo una vez más en la casilla dorada: los encuentros con nuestros colegas patas de perro no solo incluyen tours, también transporte, comidas deliciosas y fiestas de esas que normalmente –seamos sinceros: NUNCA- no nos damos el lujo de pagar.

Blogueros, fotógrafos, instagramers e influenciadores que pasan su vida andando por el mundo. Acudieron a la cita provenientes de Italia, India, Grecia, España, Alemania, Brasil, Perú, Portugal, Suecia, Chipre y por supuesto Rumania. Millones de seguidores, viajes asombrosos, experiencias increíbles. Y aquí estamos nosotros, viajeros colombianos: honrados, orgullosos, felices.

Entonces, Bucarest se desnuda frente a esta multitud de viajeros, nos revela sus secretos, grita sus dolores y no tiene pudor en mostrar sus heridas aún abiertas. La ciudad nos dice que aún a pesar de que tantos se la quisieron joder a lo largo de la historia, su orgullo es haber aguantado, mantenerse en aún pie y convencida de ser dueña de una belleza inexplorada por el resto del mundo. Bucarest es una ciudad que se descubre constantemente a sí misma y poco a poco se nutre de los saberes de los viajeros que la incluyen en la ruta alterna al margen de esos lugares que posan como visitas obligadas antes de morir.

***

Estamos en el mercado de flores de Bucarest, y hoy los gitanos son una exposición viva, un museo de la vida real. Ahora no vemos fotografías, ahora las tomamos. Nos enteramos que el término gipsy, que traduce gitano, es una manera peyorativa de referirse a ellos en Rumania, aquí se les dice los Roman. Su estilo de vida nómada y cambiante los ha llevado, también, a asentarse en suburbios de la ciudad y a ser identificados por, entre otras actividades, desarrollar su vida en torno a la floristería. Ninguno habla inglés, nadie entiende español. Son muy herméticos y le huyen al lente: de lejos y con prudencia nos llevamos un par de postales de su diario vivir.

Desde arriba, Bucarest nos dejó ver la magnitud de su belleza otoñal incalculable a ras de piso. La antigua torre de agua del barrio Pantelimon nos sirvió no solo para alcanzar a ver ese antiguo barrio comunista plagado de enormes bloques de concreto donde miles de familias se aprietan como abejas en colmenas desde la dictadura, sino también para descubrir el arte gráfico pintado en los techos aledaños para que solo quienes se atrevan a desafiar el vértigo de la altura puedan apreciarlos.

También tuvimos el privilegio de subir al arco del triunfo y atestiguar desde las alturas por qué a Bucarest se le conoció como ‘la pequeña París’. No dejamos de aprender; la cámara no para de obturar.

Los días se acaban en esta experiencia y nosotros nos vamos con el corazón y las memorias de las cámaras llenos Bucarest. De los días soleados, de los cuervos que detienen el tiempo cada tarde con su sinfonía de plumas negras revolviendo el aire, de las magia colorida de la fuente de la Plaza Uniri, de los monasterios Ortodoxos de siglos atrás y de la belleza de su gente.

De Rumania sabíamos que inspiró a Drácula y que nos hizo pasar un ridículo más grande que el edificio del Parlamento en el Mundial de Estados Unidos 94, cuando derrotó a Colombia 3 a 1 comandados por el talento de Georghe Hagi. Y que inspiró a Stoker para crear a Drácula y que parió a Ciorán, el genio de las letras que leía en el colegio. 

Ahora nos vamos con un amor por un país y por una ciudad que nos llenó de alegría y conocimiento. Y no vamos a dudar en incluirlo en el top de nuestros recomendados a la hora de viajar por Europa en un circuito que te aleja de los lugares de siempre. Desde ahora y hasta siempre, Rumania y Bucarest serán para nosotros sinónimos de belleza, gente buena, vida nocturna, alegría e historia. Mientras escribimos esto ya pasamos por Moldavia y por Serbia, pero Bucarest sigue palpitando en el alma de este viaje. Crecen las ganas de regresar.

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