Maligno.

Escuché la palabra maligno y fue como si alguien jalara con todas sus fuerzas el cable que me conecta al mundo.  Maligno. Como si de repente mi vida se hubiese convertido en una película sin protagonista, como si el planeta se hubiera reducido a un cuarto oscuro con un bombillo que ilumina a su único habitante sentado tras un escritorio: el de bata blanca, ojos color miel, cabello castaño, unos 25. Yo era la única espectadora; estaba completamente sola.

Maligno.

Los labios del médico se movían tratando de explicar lo que yo no iba a entender: nunca supe qué dijo, de su boca yo solo veía salir una y otra vez la palabra maligno. Me sentí atrapada dentro de una cápsula de la que me era imposible escapar. Asistía al inicio de una pesadilla de la que fue difícil despertar.

Maligno.

Maligno es tratar de entender que a los 32 años de edad uno pueda tener cáncer. Es sentir real eso que tanto les pasa a otras pero que a mí jamás me iba a ocurrir.

Agosto de 2017. Acababa de apagar mis 32 velitas y terminaba un tratamiento médico enviado por la alteración en mi última citología. Pongámonos técnicos: éste es un examen sencillo que consiste en tomar una muestra del cuello del útero para ser analizada y que por prevención nos debemos hacer las mujeres activas sexualmente cada año. Una prueba más y el vía crucis paraba en su primera estación. Hay algo que no anda bien: el tecnicismo del papel dice que son unas células epiteliales indeterminadas y que se llaman ASC-US. Algo pasa en mi cuerpo y no me daba cuenta. Le puede pasar a cualquiera, y hoy esa cualquiera soy yo. El personaje de bata blanca me pintó el panorama bastante negro. Algo maligno crecía en mi interior.

De vuelta del letargo mental busqué a Andrés. Lo llamé ahogada en lágrimas: “maligno, te necesito ya, sigo en la clínica”.  15 minutos después estábamos fundidos en un abrazo que nos volvió uno. En los 17 años que llevamos juntos no hemos experimentado nada parecido a ese momento. Ni cuando el cáncer se llevó a su papá. Ni cuando perdimos a nuestro perro Gandalf estando de viaje, ni el día que la migra norteamericana bloqueó nuestro sueño de llegar a Alaska. Nada se compara  con la profundidad del dolor que nos envolvió aquel instante. No sabemos cómo enfrentar esto, estamos desarmados para enfrentar una batalla a contrarreloj contra la muerte.

No siendo poco, el sistema de salud en Colombia le pone un ingrediente aún más macabro a la historia: en nuestro país la atención médica es como una ruleta rusa, se necesita mucha suerte para que no se dispare el arma en la cabeza y se pueda conseguir por lo menos una cita con un especialista que te pueda salvar la vida. En Colombia más vale tener un médico amigo que hable sin reservas y ayude con recomendaciones certeras. Mi amiga Kathy me dijo que más me valía preocuparme y correr a hacerme más pruebas. Maligno, puedo tener algo maligno.

“El resultado de la citología no es un diagnóstico definitivo pero sí una alarma. Hacete la tipificación del VPH, ese examen nos va a decir realmente qué es para tomar medidas” me dijo la doctora.

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Todo apuntaba a que mi diagnóstico era ser portadora del Virus del Papiloma Humano, un virus de transmisión sexual, muy común entre mujeres de todo el planeta,  generalmente inofensivo y que normalmente desaparece de forma natural y sin ningún tipo de tratamiento. Pero algunos tipos pueden presentar complicaciones para las pacientes, complicaciones que pueden desembocar en el mar negro del cáncer, cáncer de cuello uterino. Imagínese, estimado lector, lo que alguien puede sentir cuando lo rotulan con la palabra cáncer. Yo podría ser una de las dos mil mujeres que cada año muere en Colombia a causa del cáncer de cuello uterino. Dos mil mujeres muertas cada año significa que cada día, por descuido, seis mujeres pierden la vida y dejan a sus familias con un dolor irreparable.

No estaba dispuesta a que mi vida fuera consumida haciendo filas para ser manoseada por la burocracia de las empresas prestadoras de salud y busqué una solución privada. Me ganaba la ansiedad. Mis sueños estaban paralizados y necesitaba conocer en detalle mi realidad. Pero los primeros resultados tardaron 10 días hábiles en llegar. La incertidumbre me tenía funcionando a medias, y los pocos voltios de energía que me quedaban tuve que invertirlos en trámites y citas médicas.

El primer especialista que encontré fue un anciano como de ochenta y pico que me dio una voz de aliento: a simple vista no había una lesión muy profunda, pero el resultado certero no lo iba a brindar una citología común. La tipificación del VPH entregaría un diagnóstico acertado para definir un tratamiento, que podría ir desde una pequeña cirugía hasta quimioterapia o la extracción total de mi útero.

Ha sido una odisea tratar de entender todos esos términos médicos que en ese momento definían mi salud. Difícil era levantarse cada mañana y mostrarle una buena cara al mundo con la idea rondando que tenía los días contados. El positivismo funcionaba como un mecanismo de escape de esa realidad que me carcomía. Deseaba con todas mis fuerzas que aquel episodio no fuera grave, solo un llamado de atención.

El anciano ginecólogo me dijo que debía tomarme una biopsia en un procedimiento llamado colposcopia, en el que me tomó muestras grandes de las inflamaciones del útero en carne viva y sin anestesia. Allí entendí el significado de la frase “me dolió como si me arrancaran las entrañas”. Pero no fue nada comparado con el intento al otro día de extraer la gaza que me dejó para contener el sangrado. Fue una sensación de agonía.

La espera terminó, recibí el resultado del examen más rápido de lo esperado, aunque no con las noticias esperadas: la pelea no iba a ser tan fácil. El tipo del virus que estaba incubando en mi útero era uno de los más agresivos, de los que dan cáncer, de los que matan. No paraba de llorar. ¿Por qué a mí? ¿Qué hice mal? Como fuera trataba de comprender algún motivo aunque fuera mínimo para justificar mi sufrimiento y el de mi familia. Pero tenía que seguir fuerte.

El otro lado de la moneda, las personas a mi alrededor, especialmente Andrés. Mi Andre también sufría, creo que incluso más que yo. Ver a la persona que amas en esta situación y sentirte tan frustrado, tan impotente sin poder hacer nada salvo acompañar, esperar y ser el bastón, no debe ser nada fácil. Y también por él fui fuerte.

La vida se me convirtió en un ir y venir de problemas médicos. Acabábamos de lanzar nuestro libro y esto me paro semejante felicidad en seco. Además, esta enfermedad se interpuso en los planes del siguiente viaje que tenemos en mente: continuar dándole la vuelta al mundo en La Jebi, y la primera parada era el Mundial de Fútbol Rusia 2018. Todo pasó a un segundo plano como chasqueando los dedos.

Es imposible no imaginarse lo peor, aunque tratara de ser muy positiva. El miedo se apoderaba de mí, y muchas veces se apoderó de mí la idea de que las filas, la burocracia y la ineficacia del sistema de salud podrían matarme lentamente. Simplemente no podía resignarme, no podía ser un número más en el listado de las que encuentran su fin esperando ser atendidos.

Por recomendación de un tío de Andrés instauré una queja ante la Secretaría de Salud por el mal servicio que mi prestadora me estaba otorgando, aplazando cada vez más las citas y negando los exámenes que podrían salvarme la vida. Expliqué que mi situación era de vida o muerte y atendieron mi reclamo. Me dijeron que este tipo de quejas eran pan de cada día en esa oficina, que entendían mi calvario pero que debía ajustarme al conducto regular: había que esperar 10 días más. Qué triste que es saber que un tratamiento te puede salvar la vida y saber que para lograrlo hay que dar tantas vueltas.

Fue justamente una colombiana quien creó la forma que hoy usan las mujeres del mundo para prevenir el contagio del Virus del Papiloma Humano. La vacuna contra el VPH se aplica en tres dosis a niñas o niños mayores de nueve años y hasta los 26, siempre y cuando no haya iniciado su actividad sexual. También en Colombia, en el año 2014, ocurrió una historia como extraída del mismo Macondo.  En el Carmen de Bolívar un grupo de niñas de un colegio sufrió desmayos repentinos y convulsiones la misma semana en que les habían aplicado la vacuna del VPH. La ignorancia de estos pueblos abandonados por el estado se regó hasta hacer famosa la idea de que esa vacuna era mala para la salud y muchos padres decidieron no aplicársela a sus hijas.

Sepan también que este virus es muy habitual, y lo es tanto que una vez supe que lo tenía me enteré que varias mujeres miembros de mi familia lo habían tenido y lo había vencido. Y eso me devolvió otro pedazo de alma al cuerpo.

Creo que a pesar de que la realidad no se pintaba de colores vibrantes, todo se empezó a poner muy a mi favor. Los tiempos establecidos para recibir los resultados de las pruebas fueron menores de los planteados inicialmente, y conté con la suerte de que una de las mejores especialistas en gineco-oncología de mi región me pudo atender de manera particular en tiempo record. Fue ella quien despejó las dudas con una frase que me parece estar escuchando: “usted no tiene cáncer, en su cuerpo aún no hay células cancerosas”. El virus fue detectado muy a tiempo y se puede eliminar con un tratamiento. Si no se hace va a derivar en un cáncer seguro, pero lo que hubiese que hacer estaba dispuesta. La mejor noticia que he recibido en toda mi vida, la cadena que llevaba arrastrando por más de dos meses por fin la pude cortar, me siento libre y agradecida por esta oportunidad de volver a nacer.

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Y mientras me regocijaba por la noticia, la queja contra mi servicio de salud fue fallada a mi favor y fueron obligados a hacerme el procedimiento recomendado: habían transcurrido tres meses después de haber iniciado todo este calvario.

Escribir estas letras no fue nada fácil, mucho más siendo este un tema tan complicado; aún sigo  tratando de cambiar la página. Pero sentía la imperiosa necesidad de contar mi experiencia, mientras seguimos adelante con este sueño de darle la vuelta al mundo en nuestro carro y de hacer llegar nuestro libro a la mayor cantidad de almas soñadoras.

Comparto mi historia porque quiero que no les pase a ustedes, porque creo que esta retahíla escrita por una bloguera de viaje puede ayudar a generar conciencia. Porque es un derecho estar informados sobre nuestra salud. Los chequeos preventivos de rutina son necesarios así resulten incómodos. Podemos estar a una revisión de detectar un problema grave a tiempo.

Esto que me sucedió es una señal que me dio la vida para darle importancia a lo realmente relevante. Como dice mi mamá: sin salud no hay sueños, no hay caminos, no hay nada.

La vida es tan corta que si no la vives intensamente se te puede ir en un abrir y cerrar de ojos. Por eso decidí Renunciar y Viajar. Por eso decidí que quiero pasar el tiempo que me queda en esta tierra haciendo lo que me hace feliz.

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